Despedida

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engao

- Quiero follar contigo. Le dijo ella con voz decidida.

- ¿Estás loca? No puedes... Le contestó horrorizado.

- ¿Y por qué no? ¿Cuánto hace que no echamos un polvo?

Tenía razón. Desde el ingreso en el hospital no habían tenido ni un momento de intimidad. La tensión por el diagnóstico, los tratamientos fallidos, los efectos secundarios se habían impuesto por encima de todo.

Los últimos meses habían sido durísimos. Una auténtica montaña rusa. Unos días subían hasta el cielo de la esperanza para después caer en el pozo de la frustración. La había visto reír de alegría ante un recuento de linfocitos y llorar con amargura cuando el resultado de un análisis desmentía cualquier falsa esperanza.

- Es que no quiero hacerte daño. Alegó Luís.

- ¿Daño? ¿Crees que puede matarme? Contestó Beatriz soltando una carcajada.

Era una verdad evidente. Ella había vuelto a casa para morir. Tres semanas atrás el Dr. Cifuentes había dado la lucha por perdida. La visita en el hospital había sonado a último parte de guerra: "Cautivo y desarmado...". A partir de entonces sólo quedó esperar el desenlace.

Estaba demacrada, pálida y ojerosa. Casi no podía moverse. Respiraba con dificultad y tenía los ojos vidriosos. Había tirado la toalla unos días antes y sólo tenía una idea en la cabeza: Morir con dignidad.

La vuelta a casa fue sorprendentemente agradable. Mejoró de manera notoria. Le volvió el color a la cara y estaba de mejor humor. El cóctel de analgésicos unido al hecho de volver a encontrarse en el hogar pareció revitalizarla.

Una recuperación ilusoria, de eso estaban todos convencidos. Siempre se podía esperar un milagro, pero un milagro es un hecho sobrenatural que contradice las leyes de la Naturaleza. Y la Naturaleza había decidido prescindir de Beatriz, o al menos eso decían los médicos.

Beatriz era una mujer bellísima. La había conocido ya mayor, con más de cuarenta años, pero no los aparentaba en absoluto. Ni en la cara ni en el cuerpo había signo alguno de envejecimiento. Tenía el pelo oscuro y la piel morena. Sus ojos oscuros sin llegar a ser negros transmitían a la vez sensualidad y ternura. Y su silueta, a medio camino entre mediterránea y nórdica le resultaba muy sexy.

Pero no era su cuerpo lo más destacable. A él le encantaba su carácter. Dulce pero a la vez firme, jamás elevaba el tono en una discusión. Tenía un gran sentido del humor y soltaba carcajadas a todas horas. Incluso en los momentos más duros del tratamiento había encontrado alguna razón para reír.

Le pidió que saliera de la habitación un momento "quiero ponerme algo". Él obedeció ¿Cómo no iba a obedecer? Si aún estaba en shock por las palabras de Beatriz. Luís salió y cerró suavemente la puerta.

En el salón contiguo estaban familiares y amigos. Los había llamado Beatriz, quería despedirse de ellos mientras aún tuviera la mente clara. Había sido una jornada intensa y emotiva. No fue ningún drama. Empezó con una comida que ella misma preparó, era muy buena cocinera. Preparó pasta, su especialidad. Extrañamente la reunión transcurrió en armonía y buen humor. Se hubo alguna lagrimita pero predominaron las anécdotas graciosas y se escaparon algunas carcajadas.

Después se retiró a la habitación y fue llamando uno por uno para hablar en privado. Todos fueron pasando y Luís fue el último. Cada uno aguantaba el tipo como podía dentro de la habitación pero una vez fuera rompían a llorar.

"¿Esta bien verdad?" Le preguntaron casi al unísono en cuanto llegó al comedor. "Si, yo la he visto bien. Me ha pedido que salga un momento." Todos tenían la misma impresión. No podían evitar sentir esperanza. Falsa esperanza porque aquello era el final. Ya se lo había advertido el medico: "Seguramente experimentara una cierta mejoría, pero será pura apariencia. Es como el canto del cisne".

Casi no contestó, simplemente se sentó en el sillón y se quedó pensando en lo que había pasado dentro de la habitación. De repente le entró un gran temor ¿Y si ya no la deseaba? ¿Y si su miembro se aflojaba ante un espectáculo demasiado desagradable? No podía hacerle esa putada estando como estaba a las puertas de la muerte.

La última vez que la había visto desnuda parecía una interna de Dachau. Claro que eso había pasado después de una quimioterapia muy agresiva. Al volver a casa y empezar los tratamientos paliativos había recuperado peso y le había vuelto el color. Pero no estaba seguro de su reacción, el cerebro es muy traicionero y muchas veces las reacciones son incontrolables. En ese momento le hubiera gustado ser una mujer y poder, si se daba el caso, fingir deseo. Pero no podía.

"Ya puedes pasar cariño" le grito Beatriz desde el interior de la habitación. "En fin. Que sea lo que Dios quiera" pensó y se aprestó a entrar en la habitación como un cordero que va a ser sacrificado.

Pero el espectáculo que presenció distaba mucho de ser patético. La encontró tumbada sobre la cama luciendo aquel conjunto de lencería que tanto le gustaba. Un corsé morado ensalzaba sus pechos que, pese a todo el padecimiento, parecían no haber perdido ni pizca de exuberancia. Debajo del corpiño se apreciaba un liguero negro que sostenía unas medias igualmente negras. Encima unas bragas de encaje moradas. Bragas, no tanga, como a él le gustaba.

Remataban el conjunto unos zapatos de tacón de diez centímetros de color negro y un fular estratégicamente colocado sobre la incisión por donde le habían estado introduciendo la quimioterapia. Y la peluca, inevitable para disimular los efectos secundarios, extraordinariamente bien colocada. No se notaba en absoluto el artificio. Todo su temor se esfumó al contemplar esa imagen. Estaba preciosa.

Empezó a desnudarse. Primero los zapatos y los calcetines. Nunca se los dejaba puestos, eran el mejor antídoto para el deseo femenino. A continuación se quitó la camisa, quedándose solo con los tejanos. Tenía una buena genética, de eso no había ninguna duda, aunque se notaba el paso del tiempo aún tenía un cuerpo apetecible. Bastante más que al principio de la relación, se había adelgazado mucho desde entonces.

Se habían conocido con más de cuarenta años y un amplio historial de relaciones. No esperaban ya mucho de la vida. Sin embargo conectaron de forma muy intensa desde el principio, una conexión que continuó intacta incluso durante el año y medio en que estuvieron separados. "Se os ve muy bien juntos" les decía la gente.

Diez años con altibajos pero siempre conectados. Una complicidad jamás experimentada con ninguna otra mujer. Y ahora estaba ahí para despedirse de la forma más inesperada.

Ya solo quedaba pena en su corazón. La rabia y la desesperación habían quedado atrás. Estaba resignado ante lo inevitable. Resignado y sorprendido.

Sorprendido de estar experimentando deseo erótico en esas condiciones. Porque realmente se había excitado ¡Con su mujer en el lecho de muerte! Aun peor, excitado por su mujer ¿Estaba enfermo? ¿Era una especie de prenecrofilo? ¿Un moribundofilo? ¿Se pasaría a partir de entonces las noches rondando los hospitales en busca de victimas en las UVIs? La mano de Beatriz lo sacó de estos pensamientos. Posada sobre la pierna ascendía lentamente hacia su pubis. Ella se había sentado sobre la cama para atacar mejor su objetivo.

En un santiamén tenía el pene en su boca y lo chupaba con fruición. Cómo le gustaba hacerlo. La excitaba muchísimo. Notar como crecía y se endurecía gracias a su forma hábil de mover la boca y la lengua le hacía sentirse poderosa. Y ahora necesitaba sentir ese poder. Porque estaba realmente acojonada. El final se acercaba y se sentía más o menos preparada. Todo lo preparada que puede estar una persona en esas circunstancias. Pero el miedo a lo desconocido estaba allí y no se iba.

Ya había pasado por todas las fases, aceptaba el hecho que iba a morir, pero le continuaba asaltando la duda sobre el más allá. No se podía considerar una persona religiosa pero sí creía en algo. Una cosa tenía clara: Si existía el Cielo seguramente encontraría sus puertas abiertas. Nada indicaba lo contrario. Tenía muchos amigos, se llevaba muy bien con su familia y siempre había intentado evitar el daño a los demás, no siempre con éxito, pero la intención es lo que cuenta.

Las manos de Luís se posaron sobre la cabeza de Beatriz. "Para, para" dijo intentando apartarla "si sigues así¬ esto va a terminar enseguida". Ella obedeció y aprovechó para acabar de quitarle los pantalones.

Totalmente desnudo se sentó a su lado en la cama y la abrazó con ternura. A continuación se separó un poco de ella y con sus manos retiró el fular. Ella intentó evitarlo, no quería mostrar la cicatriz del "port a catch" . Sin embargo Luís fue más rápido, le apartó la mano y besó la herida. Era un mensaje claro y directo: "Te deseo tal como eres". Un mensaje no escrito.

Ya lo había hecho antes. Desde el primer día, cuando ella mostraba inseguridad por alguna imperfección de su cuerpo, él se apresuraba a acariciarla o a besarla. "Estoy contigo por ti y no me importa cuanta celulitis tengas".

No me quites el corpiño le dijo ella. "No pienso hacerlo" contestó Luís. Claro que no iba a hacerlo, no era un fetichista pero disfrutaba mucho jugando con la ropa interior. A veces ni siquiera le quitaba las bragas antes de penetrarla.

Colocado detrás de ella empezó a chupar y lamer su cuello. A ella la volvía loca aquella postura. Sentir su cuerpo detrás apretado contra ella, su aliento en la nuca, sus manos manipulando los pechos y su pene desplazándose por las nalgas hasta la entrada de su cuerpo. Bueno, hasta una de las entradas, la principal, porque la otra siempre fue demasiado difícil de abrir.

Una de las manos de Luís llegó al pubis y empezó a jugar con los labios. Había humedad, mucha humedad. Más de la esperada. A pesar de todo, estaba realmente excitada. Excitada y lista.

Como en un baile agarrado fueron cambiando de posición hasta quedar ella a cuatro patas y el detrás, listo para penetrarla. Con suavidad y mucho mimo fue introduciendo su pene. Entró con facilidad. Ella lo recibió con un gemido.

No había perdido la pasión, eso estaba claro. Porque a los dos segundos estaba moviendo las caderas de forma frenética. Le faltaba forma física pero no voluntad y él con sus embestidas colaboraba de forma entusiasta. En poco más de cinco minutos llegó el orgasmo y se desplomó. Pidió tregua. Una cosa era haber recuperado un poco de vitalidad y otra comportarse igual que a los veinte años.

La ayudó a recostarse sobre la cama boca arriba. "Descansa cariño, a partir de ahora me encargo yo de todo" Le dijo Luís guiñándole un ojo "aunque si estás muy cansada lo dejo". "Ni hablar. Estoy cansada, no satisfecha." le contestó Beatriz.

Sabía muy bien que ahora venía lo mejor. Luís era un auténtico artista del cunnilingus. Experto y a la vez voluntarioso, le ponía pasión, se notaba que le gustaba. Era capaz de pasarse horas enterrado entre las piernas de su mujer. En otra vida debió ser lesbiana.

En realidad a Luís le encantaba hacer disfrutar a su mujer de todas las maneras posibles. Siempre se lo decía: "Lo más bonito que he visto en este mundo es esa cara de satisfacción que pones después de tener un orgasmo".

Por eso había sufrido tanto con ella durante las largas sesiones de quimioterapia y con los efectos secundarios. Y por eso se había alegrado tanto con su recuperación, aunque fuera efímera. Pronto volvería a ver esa expresión, de eso no tenía ninguna duda.

Por las sensaciones que subían desde su entrepierna Beatriz pudo comprobar el buen estado de la lengua de Luís. Sus facultades orales habían quedado intactas a pesar del parón obligatorio de los últimos meses.

En otro momento de su vida se hubiera retorcido, hubiera agitado sus caderas y gritado como una posesa. Una vez le había dicho que parecía la niña del exorcista, sólo le faltaba vomitar y girar la cabeza. Pero ahora se sentía muy débil. Por eso se limitó a sentir los tres orgasmos que le provocó la lengua de Luís.

Tras el último agarró su cabeza para separarla. "Quiero sentirte dentro". Le dijo imperativa. Casi con un ruego. Quería correrse viendo su cara.

- Si estás cansada paramos un rato. Le él dijo levantando la cabeza de entre sus piernas con el rostro cubierto de jugos.

- No. Tiene que ser ahora. Le contestó con urgencia.

Esta vez follaron con gran lentitud. Ella porque cada vez estaba más cansada y él por no agotarla. Beatriz se corrió antes - Luís intentaba seguir siempre la regla "Las señoras primero"- y no tardó en experimentar cómo el líquido cálido golpeaba las paredes de su vagina. Una explosión casi volcánica en su interior. Mientras, su marido, se convulsionaba y emitía ese gemido ahogado que tanta gracia le hacía. Se sintió satisfecha, ahora sólo quería disfrutar del profundo relax en el que se empezaba a sumir.

Se abrazaron el uno al otro. Él recostado sobre la cama y ella encima apoyando la cabeza en su pecho.

- He sido muy feliz contigo. Si volviera a nacer te escogería desde el primer momento. Dijo Beatriz con un hilo de voz.

- Yo también. Contestó Luís con la voz entrecortada.

- Al final te has salido con la tuya. Es lo que querías ¿No?

- ¿A qué te refieres?

- ¿No te acuerdas? Hace años me dijiste que no sabías si serías el hombre de mi vida pero que querías ser el hombre del final de mi vida. Y mira...

- Sí, pero yo me había imaginado un final diferente... Siempre pensé que sería tu cara lo último que vería antes de dejar este mundo. Le dijo él intentando deshacer el nudo que empezaba ya a apoderarse de su garganta.

- Bueno, ha sido al revés. Pero no cambio estos diez años contigo por vivir un minuto más. Ahora su voz era ya muy débil.

El desenlace se acercaba. Los dos eran conscientes de eso.

Luís había imaginado siempre otro final. Veía ambos ya muy ancianos morir prácticamente a la vez. Y la cara de Beatriz como la última imagen antes de morir. Sin embargo Dios o La Vida tenían otros planes.

Puso la mano sobre la peluca. Por un momento pensó que acariciaba su antes hermosa y larga melena castaña. Había dejado de hablar. Parecía dormida. Su respiración era regular pero cada vez más débil. "Buen viaje cariño. Nos veremos donde quiera que vayas" le dijo apretando el abrazo en un inútil intento de retenerla.

Permanecieron así unos diez minutos. Pasado este tiempo la mujer que más había amado en este mundo dejaba de respirar. Había abandonado el planeta sino feliz al menos contenta. Escuchando los latidos de su corazón.

Rompió a llorar. En silencio, para evitar el escándalo. Llevaba meses preparando este momento pero nadie termina de estar preparado para la muerte del amor de su vida.

Apartó con delicadeza el cuerpo inerte de Beatriz y lo recostó en la cama. Se levantó y se vistió. Después se dedicó a ella y a la habitación. Recogió las cosas, le puso el pijama y tras estirarla la arropó.

Cuando hubo terminado salió de la habitación y con los ojos bañados en lágrimas dijo: " Beatriz nos ha dejado" y apoyando la cabeza en el hombro de su madre volvió a llorar. La frase cayó como un mazazo sobre todos. Se había terminado la esperanza. La falsa esperanza.

A aquella tarde le siguieron dos días de preparativos, duelo y ceremonias. Dos días en los que Luís tuvo muy poco tiempo para pensar. Aun así lo carcomía el sentimiento de culpa. Pensaba que aquello había estado mal ¿Se había aprovechado de una moribunda? Quizá ella no estuviera en sus cabales, la medicación podía muy bien haber trastocado su razón. Y él ¿Cómo había podido tener una erección con su mujer en el lecho de muerte? ¿Se había convertido en un pervertido?

Casi no pudo dormir aquella noche pensando en lo sucedido. La siguiente si pudo conciliar el sueño unas horas pero se despertó sudoroso tras un extraño sueño en el que su padre, con un dedo acusador le decía: "No respetas ni la muerte". Pervertido.

El día del entierro fueron a cenar a casa de Luís los amigos más íntimos. Entre todos prepararon un banquete informal, un par de tortillas de patatas y un poco de jamón. Todos se ofrecieron a quedarse aunque fuera durmiendo en el sillón, pero él, agradecido, insistió en que se fueran.

La última en irse fue precisamente la hermana de Beatriz. Se abrazó a él y tras unos suspiros y un par de lágrimas y antes de salir le preguntó:

- El día de su muerte. Beatriz y tú follásteis ¿Verdad?

- ¿Pero qué dices? Contestó enrojeciendo.

- Venga chaval que no me chupo el dedo. Tanto rato allí encerrados. Conociendo a mi hermana seguro que intentó algo.

- Bueno. Sí lo hicimos... Yo... Ella insistió.

- Tranquilo. No quiero recriminarte nada. Todo lo contrario, te agradezco que hicieras realidad el deseo de mi hermana. Fue una gran suerte para ella morir en brazos de su gran amor. Y tú, créeme fuiste su gran amor.

Dicho esto le dio un beso en la mejilla y se alejó camino del ascensor. Esa noche Luís durmió a pierna suelta.

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Despedida
Miércoles, 07 Diciembre 2011

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Actualizado (Miércoles, 07 de Diciembre de 2011 20:27)

 

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