El rey burlado
No era precisamente Don Pedro II de Aragón un hombre poco interesado en los placeres de la cama, más bien todo lo contrario. Su fama de amante era tan grande como la de guerrero. Y esta era mucha. Por toda Europa los juglares y los trovadores cantaban sus gestas. Sólo una mujer parecía darle el suficiente asco como para evitar su contacto a toda costa: Su esposa.
No se saben exactamente los motivos de tal rechazo, pero no entra en la lógica pensar en la fealdad de la novia o en la falta de atracción erótica entre ambos porque los matrimonios de estado poco o nada tienen que ver con tales sentimientos y menos aun en aquellos tiempos medievales cuando caballeros y damas buscaban el amor fuera del matrimonio, considerando esta institución como un contrato para asegurar la descendencia y transmitir poder y riqueza.
Seguramente el rey catalanoaragonés tenía interés en otros feudos y se guardaba la carta de la anulación. Su matrimonio había sido forzado por la situación política del Languedoc y si esta cambiaba le sería más fácil sin un hijo.
Pero la situación se prolongó haciéndose insostenible. El rey se afirmaba en su actitud de mostrarse casto únicamente con su mujer y el reino vivía angustiado la falta de un heredero. Se unieron así los intereses de la dama y de los máximos prebostes de la Corona de Aragón para conseguir el bien de todos: La preñez de la reina.
Para lograrlo idearon una retorcida trampa en la que, como era de esperar, cayó el monarca. Consistió en hacer saber a Pedro de la existencia de una misteriosa y bella dama ansiosa por entregarle sus favores. Dicha dama decía pertenecer a la más alta cuna y estar en peligro de ser descubierta, por esa razón se ocultaba. Y sólo en la intimidad de su dormitorio se entregaría a él, era su única condición.
El rey alagado y excitado por tal propuesta accedió gustoso al encuentro. Tenía tendencia el hombre a dejarse guiar por la testosterona, hecho que seguramente le llevó a la muerte años más tarde. En "Mi reino por un polvo" podéis leer la historia.
Acudió su majestad a la cita y encontró a la dama misteriosa tumbada en su lecho esperándolo. Cegado ya por el deseo decidió embestirla enzarzándose en una incruenta batalla de la que los dos salieron agotados.
Y fue durante el descanso cuando saltó la sorpresa. La sorpresa para él porque la dama en cuestión era María de Moltpeller, su esposa. Pero no terminó allí la encerrona: Al descorrerse los cortinajes aparecieron el Obispo, el Notario Mayor del reino y media corte. Habían presenciado la escena y daban testimonio.
El rey renegó, amenazó y gritó, sobre todo gritó, pero no hizo nada. Pareció tomárselo con "fair play" y aceptar la situación. Eso sí, abandonó el lugar y no volvió a tocar a la reina. Más tarde, en 1213 intentó divorciarse de ella,
Nueve meses después nacía un rollizo niño al que bautizaron como Jaume. No se sabe si fueron los superespermatozoides del rey que con un solo intento dieron en la diana, o si la reina recurrió a alguien más para asegurar el tiro. Lo importante es que el Reino de Aragón tuvo un heredero y la crisis pasó.
Murió Don Pedro precisamente el mismo año de su tentativa de divorcio, con la reina madre postrada a los pies del Santo Padre para evitarlo. No había demostrado mucho cariño por su vástago, al cual había puesto bajo tutela de Simón de Monfort, jefe de la Cruzada contra los Cátaros.
Al final Jaume fue trasladado al Castillo de Monzón donde caballeros templarios se ocuparon de educarlo. Sólo había conocido a su padre durante una breve visita a los dos años. Se crió como un huérfano y pese a ese hándicap consiguió la azaña de conquistar Baleares, Valencia y Murcia.
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